Después de casi una década donde cambiaron al mundo de la mejor manera posible (con belleza, con música soberbia) The Beatles se despedían con un disco que habían grabado incluso antes de grabar el anteúltimo que lanzaron.

¿Complejo? Puede ser, su situación lo era, y siempre sorprendían.

No fue el contexto ideal para decir adiós después de tanta alegría que le dieron al planeta, ni Let It Be fue el mejor disco de su impecable carrera a pesar de incluir varias canciones perfectas -y del enojo de Paul con Phil Spector por la grandilocuencia de la producción-, pero ya lo habían hecho casi todo. Y muchas bandas venderían su alma al diablo por tener un Let It Be.

En los inicios fueron alegres pero profundos. Creciendo y teniendo el mundo a sus pies privilegiaron su arte y su paz mental a la locura que eran sus conciertos. Inconformistas, revolucionaron año tras año la “mejor década de la historia” liderando una explosión de libertad musical, social, sexual, visual. Artística. Humana.

Se volvieron adultos y empezaron a vivir como tales, confirmando la frase “no crezcas, es una trampa” y su final es en retrospectiva la única parte de su película-vida que parece triste: terminaron discutiendo, peleando pero también riendo sobre todo cuando se juntaban y hacían música. Porque así son los amigos.

Hoy no lees una sola revista musical donde al menos no esté escrita una vez la palabra “Beatles” en una nota, entrevista, comparación o estadística.

Hicieron muchas, muchísimas de las mejores canciones de la historia creadas desde Love Me Do, su primer single, hasta hoy. Hoy, que nos encuentra esperando confirmación del relanzamiento del álbum y la película de Peter Jackson contando su final y que será distribuída por Disney. Nada menos.

Alguien dijo por ahí: “Qué bien le haría hoy al mundo tener unos Beatles que nos den una mano para pasar este mal momento”.

Pero si están siempre…

Déjalo ser.

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